—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz... soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita!
—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.
Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por lo bajo:
—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?
—¿Gabino?—respondió la salada muchacha haciendo un mohín desdeñoso.—¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.
Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca.
—¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?
—¡Y tan verdad!—respondió aquélla con mal humor.—¿Tú sabes si mi hermana ha tenido chabeta alguna vez?
Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.
Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.