—Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.

Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella profunda mujer.

Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó á ellos y les dijo cortésmente:

—Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena compañía, pero es preciso... Á no ser—añadió sonriendo—que quieran ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.

Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los labios.

Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir:

—¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad?

—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar, debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de sonreir.

—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy feliz, como deseo.

—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.