—Buenas tardes.
—Buenas tardes—respondieron las jóvenes.
Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad le gritó así que hubo pasado:
—¡Y muchas gracias, caballero!
—No las merece—respondió éste volviendo á medias la cabeza.
Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.
Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza que se acaba de relatar.
Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.
Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus puerilidades, le reprendía y le martirizaba.
Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.