—Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.
Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una palmada en la frente.
—¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden ustedes estar seguros.
Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía también.
—Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao—dijo María-Manuela.—¿No tienes á tu disposición el dinero de la venta?—añadió encarándose con Soledad.—¿Pues por qué no mandas por todas las yemas que se te antojen?
—Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?—replicó Velázquez con retintín.
Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.
No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó indirectamente sobre el tapete.
—Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.
—¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto los medios para hacerlo.