Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en rehusar oirle.
—¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las pobrecitas que no te conozcan como yo.
Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa forzada el despecho que le roía.
No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso provocar lo más pronto posible una explicación.
Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:
—Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. Estoy perfectamente así.
—¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita andabas por llegar á la Vicaría—repuso Paca, picada por el acento despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.
Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á preguntar con sorna:
—Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?
Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, dijo con afectada calma: