—¿Soledad?—respondió el guapo dando á su rostro una expresión burlona.—Anda y pregunta por ella al sereno.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no vive aquí. Se ha mudado.

—Pero ¿es de veras?

—¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un cohete. Dios sabe dónde habrá caído.

Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.

—¡Vaya un lance feo!—exclamó Paca.—Por supuesto que las has de pagar todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera tanto.

—Ni tan guapa—apuntó Frasquito.

—Ni tan hacendosa y limpia—manifestó Pepe de Chiclana.

—¿Limpia?—exclamó Paca.—Como los chorros del oro. Daba gusto ver á esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos relucían como si les diesen cera.