—¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.

—Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.

—¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano, falso; voy á decirte la buenaventura.

—Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.

En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas algunos transeuntes.

—Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella—dijo la máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las gitanas.—En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de ti...

Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo riendo con fatuidad.

—Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.

—No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.

El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.