Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz más débil, prosiguió:
—Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...
El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.
—Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo eso?—profirió ansioso y acongojado.
Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono jocoso á sus amigas, que marchaban delante.
—Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis pasar la noche al fresco?
Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:
—Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... ¿Te vienes conmigo?
La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual tranquilidad, como si no hubiese oído.
Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz angustiosa, estas palabras: