- [1] Hasta que pudiera mandar, until he could send.
- [2] El mejor día, some fine day.
- [3] Me da el corazón que ha de escribir, my heart tells me that he will write.
- [4] Por modesta que fuese, however modest it might be.
- [5] Ya que no podía decirse, since it could not be said.
- [6] Pasados algunos días, some days having passed.
- [7] Ya no tuvo que empeñar, he no longer had anything to pawn.
- [8] De posada en posada, from inn to inn.
- [9] Como era de esperar, as was to be expected.
- [10] En torno suyo, around him.
- [11] Al observar, on observing.
- [12] Tornó a salir, he went out again.
- [13] Al llegar la noche, when night came.
- [14] Se puso a cantar, he began to sing.
- [15] Nadie se acercaba a él, no one approached him.
- [16] Creyó morir, he thought that he was dying. When there is no change of subject the dependent verb is infinitive.
- [17] Iba perdiendo, the verb ir with the gerund indicates a continually increasing action.
- [18] Levantó la cabeza, note the use of definite article instead of possessive pronoun.
- [19] Hacía cuatro meses que estaba en Madrid, he had been in Madrid four months (lit. it made four months that he was in Madrid.)
- [20] No pudo menos de reírse, he could not help laughing.
- [21] Cuando se la da cuerda, when it is wound up.
- [22] Al salir de, on coming from.
- [23] Me hago como que no la veo, I'll make out that I don't see her.
- [24] A quien acabo de encontrar, whom I have just found.
- [25] A que no le das tu cama, I bet that you won't give him your bed. The "a" in this sentence is used elliptically, being dependent on the verb apostar, to bet or wager. Therefore the sentence in full would read "Apuesto a que no le das tu cama."
- [26] Si no quepe en ella, why he can't get in it.
LA CONFESION DE UN CRIMEN
———
EN el vasto salón del Prado[27] aún no había gente. Era temprano; las cinco y media nada más. A falta de personas formales los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota, pío campo, escondite, y otros no menos respetables, tan respetables, por lo menos, y por de cantado más saludables, que los del ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atrevería a ponerlos en parangón con los del salón de conferencias del Congreso y de la Bolsa, seguro de que tampoco habían de desmerecer.
El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para mí deseo, se agrupaban a la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento[28] (dicho sea en honor suyo) los inquietos y menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban corriendo para ir a socorrer a algún mosquito infeliz que se había caído boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrísonos chillidos: otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de cría, amonestándole suavemente o recriminándole con dureza y administrándole algún leve correctivo en la parte posterior, según el sistema y el temperamento de cada juez.
Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse[29] a contemplar con ojos distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once a doce años de edad, cuyos perfiles—lo único que veía de ellas—eran de una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia: en Madrid esto última no tiene nada de extraordinario porque las mamás, que han renunciado a ser coquetas para sí, lo continúan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una competencia poco favorable a los bolsillos de los papás. Me llamó la atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció cómica; pero observando mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas, y como no tenía otra cosa que hacer,[30] cambié de silla disimuladamente y me acerqué cuanto pude[31] a fin de averiguarlo.
La una estaba pálida y tenía la vista fija constantemente en el suelo: la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me acerqué guardaban silencio, pero no tardó en romperlo la primera[32] exclamando en voz baja y con acento melancólico:
—¡Si lo hubiera sabido, no saldría hoy a paseo!
—¿Por qué?—repuso la segunda.—De todos modos algún día os habíais de encontrar.[33]