—¿Ha huido V. de su casa?
—¡Qué había de huir!... solamente se la he jugado a Manuel, del modo más gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó a Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije: márchate, que ya no haces falta;[103] y me hice como que subía la escalera,[104] pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dio una risa, que por poco me oye![105]
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me obligó a hacer lo mismo.
—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.[106]
—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando a correr.
La seguí y la alcancé pronto.
—¡Qué polvorilla es V.![107]—le dije echándolo a broma—¡Vaya un modo de despedirse!...[108] Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buen pedazo en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir o en lo que iba a hacer, sobre todo en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:
—¿No me dijo V. por carta que me quería?
—¡Pues ya lo creo que la quiero a V.!