Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle el corsé y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que había tragado. Después la extendieron en uno de los asientos de popa, y Ricardo, tomando un frasco de éter que don Máximo había traído, se lo aplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el demudado semblante del joven inclinado sobre ella, sonrió dulcemente, y le dijo de modo que nadie lo oyó más que él:
—Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!
Así que llegaron al Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que allí estaban tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que les dieron. Después emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle con una hora de noche, cuando las respectivas familias empezaban a inquietarse por su tardanza.
XI
¡CASO EXTRAÑO!
Los tertulios de don Mariano se recreaban con el juego de prendas. La noche estaba harto desapacible y habían acudido solamente las personas de más confianza. Cuando esto acaecía (que no dejaba de ser con alguna frecuencia), proscribíanse el baile y la música y sustituíanse con juegos de naipes, de aduana o de prendas y a veces simplemente por una amena y sabrosa conversación. La noche a que nos referimos, el sexo femenino estaba representado por tres señoritas de Ciudad, dos de Delgado, la señorita de Mory y alguna otra que, unidas a las de casa, formaban un núcleo bastante respetable. En el masculino figuraban el médico de la casa, el señor de Ciudad, don Serapio, el ingeniero Suárez y otros cuatro o cinco pollastres que por lo simples e insignificantes no merecen especial mención. La tertulia no ocupaba sino uno de los ángulos del salón, si bien en ocasiones, cuando el juego lo exigía, se diseminaba por todo él, aunque momentáneamente. Don Mariano, rodeado de sus amigos, paseaba y discutía, parándose a menudo a exponer alguna razón intrincada y siguiendo después su paseo con las manos atrás.
A don Serapio le tocó decir tres veces sí y tres veces no, y, en consecuencia, se retiró a uno de los rincones, mirando a la pared. Las señoras y los caballeros se estrecharon aún más, formando grupo, y empezaron a cuchichear animadamente, proponiendo cada cual una pregunta. Al fin quedaron acordes en preguntarle si gastaba bisoñé.
—¿Eeeeh?—gritó el coro prolongando la nota.
—Sí—respondió el infeliz don Serapio.
La respuesta fue acogida con ruido y alegría que hicieron temblar al fabricante de conservas. En seguida convinieron en preguntarle si pensaba en casarse.