El general se puso más rojo que una guindilla; temblaron sus labios, agitados por la cólera; iba a proferir alguna gran atrocidad, pero al fin, dominándose, dijo enderezando sus palabras hacia el fiscal:
—Continúe usted el interrogatorio, señor capitán.
Primera vez en su vida que al general le quedó una barbaridad entre pecho y espalda. El fiscal, en quien tal vez por ser el más joven, la fuerza de atracción de los sexos no había perdido aún su influjo, prosiguió, dulcificando cada vez más la voz y la sonrisa que contraía su rostro:
—Bien; puesto que usted ha tenido la franqueza de confesar que ha intervenido en la conspiración, esperamos que siga siendo tan franca y nos declare todas las circunstancias de ella y los nombres de las personas que han tomado parte.
—¡Oh!, no..., eso no puede ser. Yo declaro y confieso mis actos, pero no puedo confesar los de los demás. Aunque ellos me otorgasen permiso, bien pueden ustedes estar seguros de que no lo haría, pues me parece pecado dar a los impíos armas para matar a los buenos cristianos...
—¡Esto ya no se puede sufrir!—vociferó el general montando en cólera—.Vamos a ver, señorita: ¿usted cree que yo no dispongo de medios para hacer que usted cante de plano? Diga usted prontito lo que sabe, pues de otro modo vamos a estar mal..., ¡vamos a estar maaaaal!...
—Señor presidente, me hallo resuelta a no decir una sola palabra que pueda comprometer a mis amigos los piadosos y leales defensores de la fe de Jesucristo. Haga usted de mí lo que quiera, en la inteligencia de que aceptaré con gusto cualquier ocasión de padecer algo por el que tanto padeció por nosotros.
—¡Rayo de Dios!—gritó el general, dando otro terrible puñetazo sobre la mesa—. ¡Esta chiquilla ha concluido con mi paciencia!... A ver, ordenanza, que conduzcan inmediatamente esta joven a la cárcel y la pongan incomunicada hasta nueva orden...
Los oficiales del consejo, comprendiendo que aquello era dar una campanada sin resultado alguno, se lo hicieron presente al gobernador en voz baja, y éste un poco calmado también lo comprendió.
—Tienen ustedes razón—dijo en voz alta—. Todas las noticias que esta chica puede dar las conocemos nosotros, y algunas más. No quiero que esos papeluchos carlistas digan que nos hemos ensañado con una mujer... Oiga usted, ordenanza, vea usted si anda por ahí el padre de esta joven y hágale usted entrar.