—Perdonadme... mis pecados.

—Y salvad mi alma.

—¡Quita, quita!—dijo la moribunda separando con mano vacilante a su hija—. No; yo no me muero..., estoy buena... Ven acá, Martita... ¿No es verdad... que no me muero..., hija mía?

—No, mamá—respondió la niña apretándole las manos—, no te apures, mamita, no... Te has de poner buena pronto y saldremos a dar nuestros paseos en carruaje como antes... Ahora el tiempo está bueno...

—Sí, hermosa, sí..., saldremos... Mira..., incorpórame... un poco... Estoy mal en esta postura.

Marta fue a incorporarla; pero al hacerlo, los ojos de su madre se clavaron en ella, fijos, inmóviles, terribles. Aquella mirada penetró hasta lo más hondo del corazón de la pobre niña, y dando un grito espantoso, desgarrador, la dejó caer sobre la almohada. La cabeza de la señora de Elorza se desplomó como si estuviese descoyuntada, con la boca entreabierta y los labios rígidos. Y aun desde la almohada siguió dirigiendo a su hija, con sus grandes ojos vidriados, la misma fija y aterradora mirada.

—¡Madre de mi alma!—gritó la niña abrazándose inmediatamente a ella—. ¡No me mires así, por Dios!... ¡Mamita mía, no me mires así! ¡Ay, no me mires así!... ¡Ay por Dios, que me das miedo!... ¡Mamita, mamita!... ¡Ay, Dios mío! ¿Qué es esto?

Don Mariano, que al oír el grito se había precipitado en la alcoba, el rostro encendido y los cabellos erizados, quiso separar a su hija del cadáver.

—¡Sepárate, hija del alma, ya no tienes madre!

—Sí la tengo..., sí..., ¡aquí está!... ¡Mamá..., mamita!... ¿No es verdad que estás aquí?... ¡Responde!, ¡habla!... ¡Dame un beso, por Dios, mamita!... ¡Déjame, papá!... Déjame..., ahora me lo va a dar... ¡Espera un poco, por Dios!... ¡Déjame, papá del alma!... ¡Déjame que me dé un beso!...