—Que cante don Serapio, que cante don Serapio.

—¡Señores, por Dios! Estoy sumamente acatarrado.

—Mil gracias, señoras, mil gracias. Quisiera poseer en este momento la voz de un ángel, porque los ángeles sólo deben escuchar a los ángeles.

El piropo produjo excelente efecto en la parte femenina del salón. La parte masculina lo recibió con sonrisas burlonas.

—Siempre hemos tenido gusto en escucharle; ya lo sabe usted.

—Porque siempre va unida a la belleza la bondad. Los rostros son espejo de las almas, suelen decir, y si esto es cierto, ¿cómo no han de ser ustedes benévolas conmigo?

El segundo piropo fue recibido también con risas de complacencia por las señoras. Los hombres continuaron sonriendo malignamente.

—A cantar, a cantar, don Serapio.

—¡Pero si no tengo nada ensayado!... No sé cómo arreglarme para corresponder a tanta bondad... Además, estoy ronco.

Don Serapio se hizo de rogar todavía algún tiempo. Por último se fue acercando al piano rodeado de señoras, a quienes dirigía sonrisas y palabras llenas de almíbar, y terminó por sacar disimuladamente un rollo de papeles de música que traía en el bolsillo interior de la levita. El pianista se hizo cargo al instante de la maniobra, y le ayudó, quitándoselo rápidamente de la mano.