—Lo que trato es de que no seas murmurador. Si me quieres tanto como dices, no debían ofenderte mis consejos.
—No me ofenden; todo lo contrario, los escucho siempre con gusto y los sigo... cuando puedo. Ya conoces mi genio y sabes que no puedo menos de hablar en broma. En fin, tiempo te queda para sermonearme a tu gusto, ¿verdad? No sólo tiempo sino espacio también. Puedes ir echándome sermones desde Nieva hasta Madrid, después de Madrid hasta París, y desde París a Milán, y desde Milán a Venecia, y después hasta Roma y Nápoles, y otra vez de vuelta por Ginebra, Bruselas, París y Madrid hasta casa. ¡Con qué gusto iré escuchando a un predicador tan monísimo por todos esos países extranjeros! ¿Qué te parece el itinerario de nuestro viaje?
—Bien.
—¡Bien, bien! Eso no es decir nada. ¡No parece sino que el asunto no te interesa tanto como a mí! Yo no lo declaro definitivo mientras tú no hagas en él las modificaciones que creas convenientes o lo varíes por entero si te place. El mismo interés tengo en ir a París y Roma que a Berlín o a Londres. ¡Figúrate lo que me importará, yendo contigo, viajar por un lado o por otro!
—Lo que tú determines estará bien.
—Dejémonos de cuentos: ¿te gusta el viaje que te propongo, sí o no?
—Ya te he dicho que sí.
—Pero, hija, ¿qué tienes? En toda la noche no he podido hacerte sonreír una vez siquiera, ni pronunciar más que las palabras estrictamente necesarias. ¿A qué viene esa gravedad? ¿Estás enfadada conmigo?
—¿Por qué había de estarlo?
—Eso pregunto yo, ¿por qué? Lo cierto es que lo estás, pues de otro modo no tiene explicación el tono displicente con que me respondes hace rato.