—No sé por qué te disgusta que cante en público. A mí es a quien disgusta... y mucho. Lo de la separación es una tontería, porque estamos juntos mucho más tiempo de lo que debiéramos.
—Es largo de explicar y difícil el porqué no me gusta que cantes en público. Lo de la separación, aunque lo juzgues tontería, es la pura verdad. Por más que estemos juntos algunas horas del día, aun me parece poco. Quisiera que lo estuviésemos todas. En un hombre que se va a casar dentro de mes y medio no creo que tenga mucho de particular este deseo...
Y bajando la voz, con acento apasionado, añadió:
—Ni me sacio ni me saciaré jamás de estar a tu lado, vida mía. En los años que llevo adorándote, ni un solo momento he sentido la sombra del hastío. Cuando estoy cerca de ti pienso que ni en el cielo estaría tan bien; cuando estoy lejos pienso que estaría mejor junto a ti. Esto es una garantía de que nunca nos cansaremos el uno al lado del otro, ¿no es verdad? Por mi parte te hago juramento de que si llegamos a viejos me gustará más estar a tu lado que tomando el sol... ¡Qué vida tan dichosa nos espera y cuánto tiempo hace que sueño con ella!... ¿Te acuerdas cuando un día, en la huerta de casa, teniendo tú ocho años y yo diez, mi pobre mamá nos hizo cogernos de la mano diciéndonos gravemente: «¿Queréis ser marido y mujer?... Pues daos un beso y cuidado con enfadarse más.» Desde entonces nunca pensé que podía casarme con otra mujer más que contigo.
María no respondió a este fervoroso discurso. Siguió mirando con fijeza extraña y como absorta en lejanos pensamientos al fabricante de conservas.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Que han venido también los estuches con tus vestidos, pero aun no los he abierto. Los dos tienen sobre la tapa tu cifra con corona de marquesa. Aunque te rías, no dejaré de decirte que me dio un salto el corazón al ver la corona. Me pareció que ya estábamos unidos, que no había que esperar estos mortales cuarenta y cinco días. No sé lo que daría por que hoy fuese el último de diciembre. Dime, feísima ¿no tienes deseos de llamarte la marquesa de Peñalta, de ser mía, mía para siempre?
María se levantó del diván y con gesto desdeñoso, sin mirar a su novio, repuso:
—Así, así.