El ceñudo firmamento dejaba caer sin cesar toda la ceniza húmeda y fría de que estaban preñadas sus nubes. Las sombras envolvían y borraban los contornos de la casa, amontonándose en lo interior de los arcos y en los huecos de sus molduras de piedra; pero no intentaban siquiera acercarse a la abertura luminosa y feliz de los balcones, que las rechazaba con espanto. Miraban furtivamente el dorado paraíso de lo interior, y roídas por la envidia descargaban su indignación acuosa sobre la cabeza de los filósofos que escuchaban al descubierto.

El apiñado grupo de curiosos que se guarecía en los soportales de enfrente no apartaba los ojos de aquellos balcones, mientras los que se agrupaban debajo de los arcos de la casa, careciendo de tal recurso, ateníanse exclusivamente a sus orejas, cuya capacidad receptiva procuraban perfeccionar colocando la palma de la mano por detrás de su pabellón y doblándolo un poquito hacia adelante. La oscuridad era grande en ambos soportales, porque los faroles del municipio despedían sus pálidos rayos a respetable distancia. Sólo servían para esclarecer en apartados parajes de la plaza un círculo bastante reducido, produciendo reflejos tristes sobre las piedras mojadas del suelo. Entre las sombras brillaba de vez en cuando el fuego de un cigarro, que con su lumbre roja iluminaba un instante los bigotes del fumador. Allá a lo lejos, en la esquina, aún permanecía abierta una tienda de quincalla; mas podía verse la sombra del dueño cruzar con frecuencia por delante de la puerta arreglando ya sus cosas para cerrarla. En el piso principal de la misma casa, los balcones se hallaban abiertos de par en par. Por ellos salían voces, risas desentonadas y chasquidos de bolas de billar, que afortunadamente llegaban muy debilitados al soportal. Era el café de la Estrella, concurrido hasta las altas horas de la noche por una docena de indefectibles parroquianos. Reinaba, pues, silencio, aunque no podía evitarse el zumbido particular que origina la aglomeración de gente en un sitio, producido por el roce de los pies, el movimiento de los cuerpos, y sobre todo por las frases reprimidas que en tono de falsete dejaban caer los unos en los oídos de los otros.

El piano, en el momento de dar comienzo la presente historia, preludiaba con sonidos vibrantes el allegro apasionado de la Traviata «gran Dio, morir si giovine». Terminado el preludio, empezó un acompañamiento suave y discreto. La ansiedad era grande. Al fin, sobre el acompañamiento se alzó una voz clara y dulcísima que sonó en toda la plaza como eco del cielo. Los dos grupos de curiosos se estremecieron cual si hubiesen tocado con el dedo en el botón de una máquina eléctrica, y un murmullo sordo de complacencia corrió por encima de ellos.

—Es María—dijeron tres o cuatro, esperando que no les oyese más que el cuello de la camisa.

—¡Ya era tiempo!—apuntó uno en voz algo más alta.

—Ésta sí que canta en la mano, ¡olé!, y no el otro bestia de la fábrica de conservas—exclamó un tercero todavía más indiscreto.

—¡Tengan ustedes la bondad de callarse, señores, para que podamos oír!—gritó una voz irritada.

—¡Que se calle ése!

—¡Fuera!

—¡Silencio!