—Lo que debes pedir, Genoveva, es que purifique mi alma y me perdone los muchos que he cometido.

—¡Bendito sea Dios! Si usted necesita que la perdonen siendo tan piadosa y humilde, ¡qué necesitaremos los demás! No sea tan severa consigo misma. Fray Ignacio la estima a usted tanto que no se cansa de elogiarla... y eso que no tiene la manga muy ancha, como usted sabe... A estas horas ya debe de estar en la sacristía el santo varón aguardando a la gente. ¡Qué salud tiene!... Parece que Dios lo hace... No come, no duerme, no descansa un momento... y, sin embargo, cada día está más fuerte y con más ánimo para servir a Dios... No sé cómo puede pasar tantas horas en el confesonario sin tomar alimento... Sólo el Señor puede darle fuerzas. Bendito sea por siempre jamás. Amén.

—Es verdad; Dios obra verdaderos milagros con él, porque hace falta en el mundo. ¡Oh, Dios mío, qué sería de mi alma si estos santos misioneros no hubieran llegado a abrirme los ojos!

—Aunque la hayan ayudado mucho en el camino de la salvación, antes de que ellos viniesen ya era usted muy buena y frecuentaba los sacramentos...

—¡Qué poco es eso, Genoveva, cuando no se escudriñan los últimos pliegues de la conciencia!

—Dígame, señorita, ¿ha visto en sueños hoy, como las noches pasadas, el hermoso pájaro de plumas de fuego con la cruz en el pico?

María se detuvo repentinamente y se llevó la mano al pecho, como si hubiese recibido un golpe. Después volvió a emprender la marcha y exclamó sordamente:

—Esta noche no podía verlo.

—¿Por qué, corazón?

No contestó. Siguió caminando algún tiempo y dejó escapar un gemido. Después parose nuevamente, y echando los brazos al cuello a su doncella, comenzó a sollozar con amargura.