Ricardo, acostumbrado a estos exabruptos, permaneció buen rato silencioso. Al cabo dijo en tono indiferente:
—¿No sabe usted?... Enrique ha conseguido cambiar el aderezo, y ayer ha llegado el otro sin novedad.
—Vaya, gracias a Dios—repuso doña Gertrudis, abriendo los ojos—. Bien creí que no se lo cambiarían.
—¿Por qué no?
—¡Toma!, porque vendiendo el otro se habían deshecho de una antigualla de la cual no sé cómo saldrán ahora.
—Sí, pero también perdían un parroquiano que les deja muchas ganancias. ¿Usted no ve que Enrique recibe encargos de toda la provincia?
—Eso también es verdad..., ¿pero no sabes tú que a los comerciantes les ciega la avaricia?... ¡Uf, qué gente más mala! Te digo que no puedo ver a los comerciantes, Ricardo; no los puedo ver, ni pintados.
Después de haber expresado este sentimiento desfavorable para el comercio, que doña Gertrudis en su fuero interno hacía extensivo también a la industria y en general a todas las artes mecánicas, cerró de nuevo los ojos con un gesto de dolor, y siguió de esta manera:
—Lo que siento, hijo mío, es que no os he de ver casados y que por mi causa tendréis que dilatar la boda... Me encuentro muy mal, muy mal... El corazón me dice que me he de morir antes de que llegue el día del matrimonio... Y la verdad es que más vale que me muera si he de padecer tanto...
—Vamos, no diga usted esas cosas; ¡qué se ha de morir! La enfermedad tendrá que ir cediendo poco a poco, se curará usted y se pondrá sana y gorda que dará gusto verla.