Marta escanciaba y seguía contemplándole con sus grandes ojos serenos, por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Parecía que era ella la que se estaba atracando.
—Mira, chica, haz el favor de comer tú también, porque me da pena verte. Parece que te han castigado...
La niña no tenía apetito y se negó a tomar el plato que le presentó. Sin embargo, cortó un pedacito de pan y empezó a roerlo gravemente con sus dientes blancos y menudos.
—Te profetizo que no tardarás en despachar ese plato de dulce, Martita... La cuestión es empezar... Ya verás, ya verás... Lo peor es que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin apetito... Martita, no seas tonta y cómete ese dulce que te está apeteciendo...
Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entró en el comedor Genoveva, diciéndoles:
—A la señorita María le duele un poco la cabeza y está descansando sobre la cama.
—Voy allá—exclamó Marta, ausentándose velozmente.
—De su parte traigo para usted este recado, señorito—añadió la doncella, presentándole una carta.
Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:
—La señorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.