—¡Matad a ese perro indecente!—gritó una voz dominando el tumulto.
—¡Sí, sí, rompedle el espinazo!—repuso otro buscando ya el género de muerte más adecuado.
—¡Ese perro, ese perro!
—Pero ¿dónde está ese maldito?
—Buscadlo y rompedle el espinazo.
—Y si no se encuentra el perro, rompédselo al amo.
—¡Mala centella los mate a los dos!
El alboroto había subido de tal suerte y la gritería era tan escandalosa, que algunos balcones de la vecindad dejaron escapar un chirrido y se abrieron discretamente. Las cabezas investigadoras que por ellos asomaron, no logrando enterarse de lo que ocurría y temiendo resfriarse, se retiraron al instante. En la casa de Elorza se asomaron tres o cuatro personas, que también se metieron velozmente, y ¡oh dolor!, al retirarse cerraron tras sí los balcones.
—¡Ea, ya oímos lo que teníamos que oír!
—¿Han cerrado los balcones?