—¿Cómo eres tan inocente, criatura? ¿Sería posible que yo tirase mi felicidad por la ventana? Cuando por casualidad se encuentra en el mundo, es menester agarrarse bien á ella. Dentro de algunas horas no podrá separarnos nadie. Adiós... esposa mía.
El joven recalcó estas palabras alejándose. Desde lo alto de la escalera envió una sonrisa á la niña, que se había quedado inmóvil á la puerta de la sala, mostrando señales de hallarse todavía un poco turbada por la broma.
—Hasta mañana, ¿eh?
Maximina hizo un signo afirmativo con la cabeza.
No fué aquella noche de insomnio para Miguel, como dicen que acontece en vísperas de boda. Ni un solo presentimiento triste cruzó por su mente; ningún temor, ningún anhelo fogoso. Su determinación era tan firme y razonable, el entendimiento y el corazón le apoyaban tan vivamente, que no daba lugar á esa agitación malsana, á ese recelo que nos embarga en el momento de adoptar cualquier grave resolución. Por lo que se refería á Maximina, estaba seguro de ser feliz. Por lo que á él tocaba, cuidaría de serlo. Una vez despojado del deseo vanidoso de «hacer una boda brillante», estaba convencido de que ninguna mujer le convenía como aquélla. Ni siquiera la fiebre de una pasión ardorosa y violenta le causaba desasosiego. Sentía un amor intenso, pero tranquilo; ni espiritual ni sensual, sino tocado de ambas cosas á la vez. Se metió en la cama, estuvo algunos minutos pensando en su novia, y advirtiendo que el sueño venía á recogerle, apagó la luz y se durmió profundamente.
Antes de las cinco le despertó la voz de la criada. Era noche cerrada, y para serlo un rato todavía. Encendió de nuevo la bujía y se vistió y aderezó en algunos minutos con mano un poco trémula. Al acercarse el momento solemne, no pudo negar su naturaleza nerviosa é impresionable.
Cuando bajó á la sala, se encontró ya en ella bastante gente; la misma que había estado por la noche y alguna más; todos vestidos con los trapos más lucidos. D.ª Rosalía, que iba á ser la madrina, vestía un traje de merino negro y ostentaba algunas joyas de escaso valor. D. Valentín (el padrino) había sacado del fondo del baúl el frac con que se había retratado al hacerse piloto. Era un frac largo de talle, ancho de cuello y estrechísimo de manga. El ex capitán del Rápido lo llevaba con la misma gracia y soltura que una camisa de fuerza. En la planchada y rizada camisola brillaban dos gordas amatistas que le habían regalado el año cuarenta y dos en Manila. Por encima del chaleco, dando vuelta al cuello, pendía la cadena del reloj, que era de oro y con pasador guarnecido de ópalos. Pero donde D. Valentín había puesto los cinco sentidos era en los pies. Siempre había presumido su mujer (porque él era incapaz de presumir de nada) de que no hubiese otros en el pueblo tan breves y bien formados. Por lo cual el marino, en esta ocasión solemne, se creyó en el caso de dar lustre á las botas hasta dejarlas como lunas de Venecia; mas sólo con el fin de proporcionar á la compañera de su vida una nueva y pura satisfacción.
Faltaban entre los circunstantes algunas jóvenes, que, según le dijeron, estaban ayudando á vestir á la novia. No tardó ésta en aparecer con un modesto pero elegante vestido de lana, color azul oscuro, adornado con terciopelo negro. Traía puesto el rico aderezo del novio y en el pecho un ramito de azahar. Al entrar en la sala, todas las mujeres la besaron, exceptuando su tía, quien á la vista de aquel traje sintió abrirse la terrible herida de la noche anterior. Maximina la miró dos ó tres veces tímidamente y fué ella misma á besarla. Á quien no miró poco ni mucho fué á Miguel, que la devoraba en cambio con los ojos, comprendiendo perfectamente, á pesar de su fingida serenidad, el rubor de que estaba poseída. Las jóvenes artistas, que la habían aderezado, no acababan de estar satisfechas de su obra. Sentíanse al parecer atormentadas por esos vivos cuanto sutiles escrúpulos que al poeta ó pintor acometen siempre en los últimos momentos de la creación. Después de sentados todos, tan pronto se levantaba una y venía presurosa á prenderle el alfiler de brillantes más arriba, como llegaba otra y le daba un si no es más inclinación al ramo de azahar. Ésta le aliñaba el cabello con las manos, aquélla le desarrugaba el vestido, la otra le estiraba la gola. En fin, era un ir y venir incesante. Maximina les dejaba hacer, agradeciendo con una sonrisa estos cuidados.
—Oiga usted, D. Miguel—dijo D.ª Rosalía.—¿Usted no se ha confesado todavía?
—Pues es verdad, que no me acordaba—respondió aquél levantándose con prisa.—¿Y Maximina?