—¡Pero si queda esa criatura que no puede resollar, Condesa!

—Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

—Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

—No necesito que me enseñe nadie á enrollar niños. He tenido seis hijos y, gracias á Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

—Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido nunca que la enrollaran de ese modo.

—Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puesto muy serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel, irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con firmeza:

—Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño á una criada y salió de la estancia sin despedirse. Á pesar de sus ruegos, Miguel, que la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo á medida que se acercaba á la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco, subiendo á su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

—¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.