Eguiburu bajó la cabeza y empezó á dar vueltas al sombrero. Al mismo tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen facultad para ello.
—El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.
Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado, Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de algunos momentos levantó la cabeza, y dijo en tono resuelto:
—En suma, viene usted á reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?
—Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.
—Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder á esa delicadeza de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.
—Bien, ya me los entregará usted.
—¿Tiene usted seguridad de ello?
Eguiburu levantó la cabeza, y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.
—Sí, señor—contestó.