—La serenata no es á ti sola—interrumpió vivamente Carolina.—Es á todas.

—Pero el árbol sí—respondió malhumorada Lola.

—El árbol, bueno; pero la serenata no—replicó aquélla un poco picada.

Lola le dirigió una mirada penetrante y siguió:

—Figúrese usted, Rivera, si tendrán pasión por mí, que cuando vinieron los ingenieros á construir un puente, yo dije que no me gustaba que lo pusiesen donde lo tenían marcado, sino más arriba. Pues en cuanto los mozos se enteraron de lo que yo había dicho, se presentaron á los ingenieros y les dijeron que el puente se había de hacer donde la señorita Lola quería, y que no se pensara en otro sitio, porque ellos lo estorbarían. Y como los ingenieros no quisieron variar el plano, así se está el puente sin construir hace ya cuatro años.

—Todo eso—dijo Miguel,—no tanto le honra á usted como á esos inteligentes jóvenes.

—¡Son tan buenos los pobrecillos!

—Nada santifica tanto el alma como el amor y la admiración—volvió á decir sentenciosamente Rivera.

Lola dijo—¡Ah!—y se ruborizó.

Aquellas tres señoritas vestían de un modo inverosímil y, si podemos decirlo así, anacrónico. Sus trajes eran vistosos, pintorescos y hasta un si es no es fantásticos, como sólo se consiente á las niñas de quince años. Carolina llevaba el cabello partido en dos trenzas con lacitos de seda en las puntas, y apretaba su flaco y arrugado cuello una cinta de terciopelo azul, de donde pendía una crucecita de esmeraldas. Las otras, como un poco más formales, lo llevaban recogido, aunque no con menos perifollos.