La niña obedeció á su pesar: creía molestarle.
Todo quedó en silencio. Miguel tenía cogida una de sus manos y la acariciaba suavemente. Al cabo de un rato, inclinando la cabeza y rozando con los labios la frente de su mujer, le dijo muy quedo al oído:
—Maximina, te adoro—y con más emoción volvió á repetir:—¡Te adoro, te adoro!
La niña no contestó, fingiéndose dormida. Miguel le preguntó con voz insinuante:
—¿Me quieres tú? ¿me quieres?
La misma inmovilidad.
—¿Me quieres, dí? ¿me quieres?
Entonces Maximina, sin abrir los ojos, hizo un leve signo de afirmación, y dijo después:
—Tengo mucho sueño.
Miguel sonrió advirtiendo el temblor de su mano, y repuso: