—¿Y por qué no quieres?

—Porque no quiero.

Miguel la miró un instante con expresión burlona y dijo:

—Bien... pues como quieras.

Mientras duró el paseo, Utrilla trazó con increíble habilidad geométrica una serie de circunferencias, elipses, parábolas y otras curvas cerradas ó erráticas, de las cuales eran siempre foco nuestros amigos. Cuando volvieron á casa, tomó también la línea recta, si bien procurando en la medida de sus fuerzas que el contorno de su silueta se borrase en los confines del horizonte. Antes de retirarse, entraron en el reservado del Suizo á tomar chocolate. Estando allí, Rivera percibió, por un instante no más, el rostro del cadete pegado á los cristales.

—Julita, ¿me permites que salga á invitar á ese muchacho á tomar chocolate?

—¡No quiero! ¡no quiero!—exclamó la joven, poniéndose muy seria.

—Es que me da lástima...

—¡No quiero! ¡no quiero!—volvió á exclamar en tono casi rabioso.

No hubo más remedio que dejarla mortificar á su gusto al desdichado hijo de Marte.