—Trae para ti solamente... Verás; yo me siento en el suelo y estoy más á gusto.

Y como lo dijo lo efectuó, dejándose caer suavemente sobre el pavimento alfombrado.

Su marido la miró sonriendo.

—¡Ah! pues entonces no voy por las butacas. No quiero ser menos que tú.

Y se sentó á su lado: ambos delante de la chimenea cuya llama iluminaba la sonrisa feliz de sus rostros. El marido tomó las manos de la esposa, aquellas manos regordetas, endurecidas, mas no desfiguradas por el trabajo, y las besó con pasión repetidas veces. La esposa no quiso ser menos, y después de vacilar un poco, tomó las del marido y las llevó á los labios. Á Miguel le hizo gracia aquel rasgo de inocencia y sonrió.

—¿De qué te ríes?—le preguntó la niña mirándole sorprendida.

—De nada... de placer.

—No; te has sonreído con malicia... ¿De qué te ríes?

—De nada te digo... Son aprensiones tuyas.

—¡Cuando digo que te ríes de mí! ¿He hecho algo mal?