La arruga de la frente de Miguel se desvaneció. Miró á su mujer amorosamente, y comprendiendo que aquella lección había sido tan inútil como inoportuna, le dijo besándole una mano:
—¿Por qué hemos de hablar de las maldades que acontecen en el mundo? Afortunadamente yo he hallado una tabla de salvación, que es esta mano. Á ella me agarro, seguro de ser bueno y honrado toda mi vida.
—Debes pedir perdón á Dios.
—Á Dios y á ti os lo pido.
—El mío ya está concedido.
—Y el de Dios también.
—¿Qué sabes tú... ¡Ay, qué tonta! Ya no me acordaba que te has confesado hace unos días.
—Eso es—dijo Miguel, que tampoco se acordaba.
Después hablaron de los pormenores domésticos, de los muebles, de los criados que necesitaban tomar. Maximina sostenía que bastaban Juana y una cocinera. Miguel quería además otra chica para la costura y la plancha. Con este motivo manifestó á su esposa los recursos de que podía disponer.
—Me quedan cuatro mil duros de renta; pero voy á dejar á mi hermana y á mamá mil para que puedan vivir decentemente... Con tres mil duros nosotros podemos arreglarnos perfectamente.