TRILLA se había acostado por la noche calenturiento, nervioso. La cosa no era para menos. Había perdido por segunda vez el semestre. Quedaba por lo tanto expulsado de la Academia de Estado Mayor.
Se lo había dicho el corazón antes de entrar en el examen:—«Jacobo, te van á preguntar con seguridad el péndulo, que es en lo que estás más flojo.»—Y en efecto, así que tomó asiento delante del tribunal, ¡zas! el profesor de mecánica le dice con acento almibarado:
—Tenga usted la bondad, Sr. Utrilla, de desarrollarnos la teoría del péndulo.
El cadete se levanta un poco pálido y mira con ojos extraviados al tribunal. El profesor de álgebra sonríe irónicamente adivinando su confusión. ¿Por qué le había tomado tal ojeriza aquel tío? Utrilla sólo se lo explicaba por envidia. El profesor le había visto haciéndose el oso con Julita en un teatro. Se levanta, y con paso vacilante va al matadero, quiero decir, al encerado. Traza con mano trémula algunas cifras, y al cabo de quince minutos exhala un gran suspiro de descanso y se vuelve al tribunal. El profesor de Mecánica vuelve la cabeza, varias veces en signo negativo:
—No es eso, Sr. Utrilla, no es eso.
El cadete borra con la esponja las cifras que había trazado, y vuelve á comenzar la operación. Otro cuarto de hora de silencio; otro suspiro de descanso; más signos negativos por parte del profesor.
—Tampoco es eso, Sr. Utrilla.
Y Utrilla borra de nuevo, y de nuevo comienza á trazar guarismos. Pero esta vez desfallecido, confuso, lívido, pensando ya en la muerte.
—Tampoco, tampoco es eso, Sr. Utrilla—manifiesta el profesor con acento compasivo.