Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con adornos de encaje blanco y en la cabeza llevaba sombrero de paja adornado con una guirnalda de campanillas rojas.
—Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.
—¿De veras?
—Ya verás, ya verás.
En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su estupor.
—¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?
—¿Pero, chica, no ves que puedes hacerte daño?
—¡Entre usted, bravo guerrero!
—Bien... ya que te empeñas...
Cuando se hubo unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y estaba tapizada de arena.