—Y yo por usted, D. Alvaro. Buenas noches.
Al quedarse solo éste siguió paseando todavía unos momentos; luego se paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en presentarse Ramiro.
—Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?—preguntó el viejo, sin aguardar las órdenes de su amo.
—No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores que suba.
El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.
—¿Y vas a consentir que esa...
—¡Silencio!—exclamó el mayorazgo con energía, llevando el dedo a los labios.—Haz inmediatamente lo que te mando.
El viejo se alejó gruñendo. Al instante se presentó la doncella.
—Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la señora que está abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Ayúdala a desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis inmediatamente. ¿Estás enterada?
—Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se la tratará como quien es.