Un hombre saltó en aquel momento en medio del corro y gritó con voz estentórea:
—¡Muera!
Aquel intrépido guerrero era el hijo del tío Pacho de la Braña.
—¡Muera!... ¡muera!... ¡muera!
Tres veces repitió el mismo grito. Su voz poderosa llegó hasta los últimos confines de la romería produciendo en ella un estremecimiento de terror. Corrieron los niños a refugiarse entre las faldas de sus madres, desbandáronse los hombres, chillaron las mujeres, volcáronse las mesas de confites y las cestas de fruta. Un miedo pánico se apoderó de aquella muchedumbre tan alegre momentos antes.
Toribión de Lorío empalideció también; pero reponiéndose presto se lanzó sobre su rival soltando espumarajos de cólera. Alzó su garrote enorme como una tranca que sólo él era capaz de manejar y lo descargó con tal ímpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si éste no hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.
—Has errado el golpe, Toribión—profirió con voz entera el héroe de la Braña.—Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto darías buena cuenta de mí. Pero confío en que ahora vas a pagar tu fachenda de siempre y la marranada de ayer. ¡Muera el cerdo de Lorío!
Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazón henchido de un furor salvaje. Nolo, aunque de la misma estatura que el caudillo de Lorío, era menos corpulento; mas lo que le cedía en cuerpo se lo ganaba en flexibilidad y ligereza. Se habían arrollado la chaqueta al brazo izquierdo para que les sirviese de escudo. El palo de Nolo era corto, de acebuche, pintado al fuego y sujeto a la muñeca por una correa. El de Toribio largo y pesado de roble.
Los mozos de Lorío se habían aproximado de una parte, los de Entralgo y Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por tácito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus héroes más famosos saldasen solos y cara a cara la cuenta que tenían pendiente.
Toribión, así que hubo errado el golpe, levantó de nuevo la tranca; pero antes que tuviese tiempo a descargarla se le anticipó con increíble presteza el de la Braña y le atizó un estacazo en la cabeza que le obligó a tambalearse. Reponiéndose instantáneamente volvió sobre su adversario como un león hambriento o un jabalí que necesita abrirse paso. Nolo pudo parar el golpe con el brazo izquierdo que aun con la almohada de la chaqueta se resintió bastante. Lanzó un rugido de dolor el guerrero de la Braña y acometido por la rabia homicida comenzó a brincar en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre, atacándole por todas las partes con incansable furor. Temblaba la tierra bajo los pies de tan formidables guerreros, crujían sus palos al chocarse, escuchábase de lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la fiesta se estremecía pendiente de aquella descomunal batalla.