—A saludar a unas señoritas ahí a un palco.

—Bien, pues antes salúdeme usted a mí. Siéntese un ratito.

Me indicó una butaca desocupada a su lado, y, por no parecer grosero, me senté.

La belleza “en colosal” y llamativa de la dama había atraído hacia aquel sitio a algunos pollastres que la miraban fijamente. Ella, comprendiendo el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos de ternera y enérgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por supuesto, mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestañear, aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un castigo. No tardé en ver entre aquellos admiradores a Oloriz, atusándose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lánguidas a Raquel. Se conoce que luchó un poco con el temor, pero que al fin se decidió a saludarla. Llegóse, pues, y se quitó el sombrero, dejando al descubierto su magnífica cabellera rubia, peinada cual si viniese directamente de la peluquería. Preguntóle por la salud, y luego hizo lo mismo con su esposo. Pero éste, sea porque se hallase distraído, o bien por la aversión concentrada que le tuviese, no contestó al saludo. El estudiante quedó acortado. Raquel entonces, no pudiendo disimular la indignación, o por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo le produjo, tomó la palabra, y ¡aquí fué ella!

—Pepe, que te está saludando el señor Oloriz... Yo pensé que era una regla de buena educación contestar a los saludos que nos dirigen.

—Mujer, no le he visto—manifestó Torres con dulzura.

—La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco de crianza... ¡Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarse hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos hace el favor de preguntarnos cómo estamos!

Yo, viéndola tan irritada, traté de calmarla con algunas frases de disculpa. Mas ella, aturdida y excitada como siempre por sus propias palabras, cada vez se iba poniendo más encrespada, hasta el punto de que algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo observaron.

—¡Es una grosería, Sanjurjo... una indignidad!... Usted es persona de buena educación, y en su interior se está escandalizando, segura estoy de ello. Y si él solo se pusiera en ridículo, no me importaría nada... pero me pone a mí, y esto no puedo tolerarlo... ¡No quiero tolerarlo!... ¿Qué se figuraría una persona desconocida que presenciara este lance?... ¡Se figuraría cualquiera cosa mala, indecente!... ¿Es esto dar consideración a su señora? ¿Es hacer que se la respete?

—¡Si no le he visto, mujer! ¡si no le he visto!—repetía dulcemente el anciano.