Gloria, sin pestañear, la mirada fija y abstraída, los rasgos de su fisonomía levemente alterados, como le acontece a quien pone en el canto buena parte de su alma, concluyó la copla, bajando la voz hasta convertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, semejaba un sollozo.
Por qué en aquel momento, en que mi amor por Gloria se convertía en delirio y embriaguez, en que todo me sonreía y tocaba al logro de mis deseos, sentí el alma inundada de tristeza y apetecí la muerte, no puedo explicarlo; pero así fué. Quizá tengan razón los que creen que el amor y la muerte son dos cosas que se identifican y confunden allá en el centro misterioso de la vida universal. Dejé resbalar mis lágrimas por las mejillas, sin cuidar si me miraban. Gloria volvió a entonar otra copla, y luego otra, y luego otra. No se cansaban de pedirle más y ella de complacerles.
Un suceso inesperado vino a destruir el arrobamiento en que todos estábamos. Los marineros, que también participaban de él, se habían descuidado, y la falúa, abandonada a sí misma, se acercó a la orilla y embarrancó. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fué risa y algazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron al agua, y al momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del tío de Elenita había tocado a su fin. Tropezando de ira, nos dirigió frases de mal gusto, verdaderos insultos, que nosotros acogíamos con ¡bravos! y palmadas. Sin embargo, las señoras se pusieron de su parte, y no hubo más remedio que dar la vuelta.
La barca siguió de nuevo el argentado sendero del río, que fulguraba como el éter. Todo dormía, lo mismo la sombra que la luz, con un sueño profundo y sosegado. El aire tibio nos traía de las márgenes vagos aromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, que eran el hálito de la naturaleza dormida. La profunda negrura de las riberas, donde las sombras se acumulaban, hacía más brillante y glorioso nuestro camino. Parecía que marchábamos, suspendidos en las tinieblas, sobre un rayo de luna. Del firmamento caía una lluvia de estrellas que no llegaban al suelo jamás, y las praderas elevaban hacia él su voz suave y monótona, formada por los suspiros de millones de insectos que en el fondo de sus pequeños agujeros también se estremecían como yo de amor y de dicha.
¡Hermosa noche andaluza, mientras me quede un soplo de vida vivirás impresa en mi corazón!
TRISTÁN O EL PESIMISMO
Don Germán Reynoso, nacido en el Escorial, había labrado una fortuna inmensa en América. A su llegada a España se había enamorado de Elena, hija del farmacéutico del Escorial y se casó con ella. Elena era una joven bellísima, buena, inocente, pero bastante aturdida. Reynoso un hombre de cuarenta años, inteligente, noble, generoso. Fué un matrimonio feliz. Poseían un magnífico hotel en el Escorial y otro en el paseo de la Castellana de Madrid. Reynoso tenía una hermana, Clara, mucho más joven que él, casada recientemente con Tristán Aldama. Sus amigos más íntimos eran Escudero, rico banquero, tío de Tristán, y Barragán, hombre estrafalario de terrible y fea catadura pero de gran corazón. Como la fortuna de los esposos les había hecho entrar en relación con la sociedad elegante de Madrid, Elena conoció en ella a un distinguido pintor llamado Núñez, hombre ingenioso, mordaz y escéptico. Este comenzó a galantearla asiduamente. Elena se resistió mucho tiempo porque amaba a su marido en realidad, pero debido a su temperamento ligero y sobre todo empujada por algunas perversas amigas, concluyó por sucumbir.