Sus hermanas se habían encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba silenciosa y triste, como si se hallase bajo el peso de una desgracia.
Mi tío don Sebastián se desnudó lentamente, pero en vez de meterse en su cama, tomó la palmatoria en la mano, se asomó con ella al pasillo, y después de cerciorarse de que nadie le veía, salvó con gran sigilo la distancia que le separaba del “cuarto de respeto” y se deslizó dentro del gran lecho de palosanto.
¡Oh dulce y blando colchón!, ¡oh tiernas almohadas!, ¡oh sábanas finísimas!
Mi tío don Sebastián se sentía inundado de una felicidad celestial. Dió un soplo a la luz, cerró los ojos, y murmuró sonriendo a las tinieblas:
—Ya no me muero sin saber lo que es la vida de canónigo.
UNA MIRADA A LO ALTO
I
EN las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles céntricas. Uno tras otro los arcos voltaicos se encienden, y mantienen a distancia las tinieblas que la huída del sol convida a descender. Los coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la vía.