—De un susto que te he dado el otro día. ¿Te acuerdas cuando hicimos juntos un ramo de flores en el jardín?... Después quisiste hacerme una caricia y fuí tan necia que lo llevé a mal y me eché a llorar... ¡Qué sorpresa y qué disgusto habrás tenido!... Confieso que soy una tonta y que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme que no estaba enfadada contigo... Lloré de sentimiento... sin saber por qué... ¡Qué motivo tenía yo para llorar! Tú no querías hacerme ningún daño... no querías más que besarme las manos, ¿verdad?

—Nada más, hermosa.

—Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tómalas...

La niña extendió hacia arriba sus lindas manos que se agitaron en el aire alegres y cándidas como dos palomitas recién salidas del nido. Ricardo las besó con efusión repetidas veces.

—No basta eso—prosiguió la niña riendo.—Antes me besabas en la cara siempre que me encontrabas o te despedías... ¿Por qué has dejado de hacerlo? ¿Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer... soy una niña todavía... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme... Después ya será otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...

—Ahora dame uno en cada mejilla... Aún sigue el calor ¿no es cierto?... Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda... déjame sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el cabello negro... ya lo sé... pero eres muy amable y lo besarás por darme gusto...

Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le señalaba. Al fin se detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas suavemente el rostro de la niña. En los ojos de ésta seguía luciendo el mismo fuego malicioso. Sintióse levemente turbado y trató de fijar los suyos en el mar, pero ella le dijo sonriendo:

—Si no te enfadases te pediría otro aquí—y señaló a sus labios rojos y húmedos.

El rostro del joven marqués se tiñó de carmín. Quedó un instante inmóvil, y bajando al fin la cabeza unió sus labios a los de la niña con prolongado beso.

Un fuerte soplo de viento había despertado el Océano cuando se preparaba a dormir: agitóse un instante en su inmenso lecho de arena, cual si cambiase de postura, y dejó escapar un sordo murmullo de disgusto. Las olas tornaron a rodar a lo lejos hinchadas y azules: las de la playa clamaron de nuevo con extrañas voces. Apagáronse las luces que ardían en sus crestas y se desvaneció la esplendorosa ebullición de los tesoros submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes reflejos del acero bruñido.