—¡Refrescadme, refrescadme!
Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía que iba a caer exánime.
—¡Refrescadme, refrescadme!
—¡Basta, Perico, basta!—gritaron algunos.
—¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro todavía!—rugió Perico.
Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de nuevo al interior.
¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia. Un segundo más...
Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico no volvió a parecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las lágrimas corrían por todas las mejillas.
Al día siguiente se encontró su cadáver carbonizado abrazado al de una criatura de pocos meses.
Se depositaron aquellos preciosos restos en un ataúd dorado. La población entera, viejos y jóvenes, mujeres y niños, lo siguieron al cementerio.