Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.
—Rece usted el credo, señor Francisco.
—¿Qué estás diciendo?—exclamó tratando de alzarse.
Un tiro en el pecho le hizo caer de espaldas.
—¡Me has matado, miserable!
—Todavía no; pero voy a hacerlo—profirió Curro avanzando hacia él.
—¡Asesino, a ti te matarán también!
—Si hubiese testigos, no lo dudo.
—Las burbujas del agua serán testigos de este...
Otro tiro le cerró la boca para siempre.