—¿De qué te ríes?—le preguntó su mujer.
—De nada—respondió con el mismo semblante risueño.
—Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.
Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.
—Escucha, Pepa—siguió él, riendo—. ¿Te parece que las burbujitas del agua pueden ser testigos en algún asunto?
—¡Qué ocurrencia!
—Pues el señor Francisco Calderón lo creía.
—¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?
—Sí; antes de rematarlo de un tiro, me dijo que las burbujitas del agua serían los testigos que me acusaran.
—Pero ¿has sido tú?...