Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:
—¡Pero ese bandido quería matarte!
—¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!
—¡Ah! ¿Le ha matado él?
—Sí, sí; le ha matado...
Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde allí a ver al juez.
Se le encarceló de nuevo.
El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le obligó a cantar de plano.
Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:
—¡Las burbujas! ¡Las burbujas!