El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando que aquello era una locura del señor de Meira, a quien ya muchos no suponían en su cabal juicio.
—Toma, te digo. Cómprate una lancha... y a trabajar.
José tomó el paquete, lo desenvolvió y quedó aún más absorto al ver que eran monedas de oro. Don Fernando, sonriendo orgullosamente, continuó:
—Vamos a otra cosa ahora. Dime: ¿cuántos años tiene Elisa?
—Veinte.
—¿Los ha cumplido ya?
—No señor; me parece que los cumple el mes que viene.
—Perfectamente. El mes que viene te diré lo que has de hacer. Mientras tanto, procura que nadie se entere de tus amores... Mucho sigilo y mucha prudencia.
Don Fernando hablaba con tal autoridad y arqueaba las cejas tan extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió infundir respeto al marinero. Casi llegó a creer en el misterioso poder de la casa de Meira.
—A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?