¡Cuán fácil es dejarnos arrastrar por aquello que nos es fácil! Así yo puesto a escribir novelas me hallé cautivo de ellas y tan contento como el pez en el agua. El sabio no volvió a sacar la cabeza fuera hasta muchos años después al publicar los Papeles del doctor Angélico.

Pero dentro de la facilidad apetecí toda la facilidad que fuese posible. En el arte como en la vida, he sido siempre insaciable de independencia. Ya que en aras de la literatura sacrificaba mi ambición, quise y me propuse escribir completamente a mi gusto.

Observé desde luego que en la república de las letras, a pesar de ser república, existían no pocas servidumbres.

La primera que me llamó la atención fué la de la actitud. Los escritores, en general, adoptan al empezar una postura y no la cambian jamás. O se calzan el coturno o se encasquetan el gorro de cascabeles. Un amigo tuve, bien conocido y estimado en el mundo literario, que nos hacía desternillar de risa con su gracejo inagotable. Pues bien, este ilustre literato así que se ponía a escribir se alzaba de manos como un caballo fogoso y no dejaba escapar más que rugidos épicos.

¿No es una verdadera esclavitud? Cada cual debe escribir según el humor en que se halla. Esto no es perder la unidad del carácter sino mostrar su invariable complejidad. ¡Libertad! Este ha sido siempre mi santo y seña al penetrar en el alcázar de las bellas letras.

Los más altos ejemplos de esta amable libertad no me han venido, sin embargo, de la poesía sino de la música. Haydn y Beethoven han sido los hombres más libres que han existido dentro de su arte. Ayer mismo escuchaba la famosa sonata séptima del último. El tiempo tercero principia por un alegro risueño, feliz. El poeta-músico disfruta apaciblemente de la dulzura del vivir, de los gozosos recuerdos de su juventud. De pronto, como si repentinamente le asaltase la memoria aciaga de un gran dolor de su vida, de un desengaño cruel, de la pérdida de un ser amado, aquella alegría se nubla, comienzan a escucharse notas graves, patéticas, que poco a poco se transforman en un lamento desgarrador.

¡Esta, esta es—me decía yo con emoción—la santa libertad que he apetecido siempre!

Otra de las servidumbres que nos amenaza a los escritores es la de la imitación. Por lo mismo que es la menos peligrosa es la menos frecuente, a lo menos en estos últimos tiempos en que a los literatos les ha acometido la rabia de la originalidad.

La admiración de los grandes maestros y el empeño en seguir sus huellas no es sólo un sentimiento plausible sino también la prueba más evidente de la vocación de un artista. Cuando admiramos de corazón nos elevamos por un instante a la altura del ser que admiramos. Ni en la literatura ni en ninguna de las artes bellas hay otro medio más eficaz para adquirir superioridad. “La imitación—ha dicho quien lo entiende—se encontraría hasta en los arcángeles si conociésemos su historia.”

Pero la admiración no debe degenerar en idolatría. Se soporta con gusto la influencia bienhechora de un genio, pero no se puede sufrir su dictadura. Todos tenemos brazos y piernas y es necesario que nos dejen andar y obrar sin ligaduras. El maestro debe ser un faro que nos guíe, no un harpón que nos desangre. En España los admiradores de Cervantes han llegado a hacerle empalagoso.