José asintió otra vez.
—Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!..., ¡cuánto he sufrido!
El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.
—La gran casa de Meira muere conmigo... Pero no morirá deshonrada, José; ¡te lo juro!
Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida luz en el agua.
Al cabo de un largo espacio, don Fernando salió de su meditación, y volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:
—Vamos allí... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...
Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después don Fernando la dió un fuerte empujón. El escudo de la casa de Meira rompió el haz del agua con estrépito y se hundió en sus senos obscuros. Las gotas amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.
Quedóse algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel, mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido. Levantándose después, dijo sordamente:
—Boga para tierra, José.