No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarle mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había querido más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer—. Usted será lo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del espacio); me querrá usted un poco de tiempo, y después... si te ví, no me acuerdo.
¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez me estaba haciendo pasar aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, le pregunté:
—¿Cuántos años tiene usted? Hasta ahora no me lo ha dicho.
—Tengo... tengo... mire usted, yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿Y usted?
—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.
—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos!
En seguida me propuso que nos tratásemos de tú, pero después de aceptado se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con el usted. No quise conformarme.
—Pues mire usted, yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en fin, vamos a ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis. Si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro; ella entornaba a menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya. Volví a cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.