Recuerdo que cuando llegué a Madrid siendo casi un adolescente, fuí a visitar, por encargo de mi familia, a un conocido escritor erudito y bibliófilo, en cuyo salón hallé a otros tres o cuatro sujetos de sus mismas aficiones. Estaban leyendo, con mucha algazara, la carta de un amigo, y apenas hicieron caso de mí, como puede suponerse.—“¡Qué donoso!”—exclamaba uno.—“¡Qué regocijado!”—respondía otro.—“¡Qué bien que da en el hito nuestro amigo!”—apuntaba el tercero.—“¡Es cosa para mucho holgarse!”—añadía el cuarto.
Yo creía hallarme en un baile de máscaras.
Estos disfraces aún continúan. Los avisados ríen, pero el vulgo queda deslumbrado. No se es Quevedo por ponerse las antiparras de Quevedo. Cuando tomo en las manos un libro de estos flamantes clásicos, me parece estar viendo desfilar una cabalgata histórica. ¿En qué fabla me fablades, infanzones? Ellos podrán decir: “No tenemos ingenio, ni amenidad, ni ciencia, ni gracia, ni observación, ni sentimiento; pero tenemos lenguaje.”
He pensado siempre que éste ha de ser lo más claro, lo más sencillo y transparente posible. ¿Buscaba Santa Teresa los giros de los siglos pretéritos para introducirlos en sus Moradas? No; escribía en estilo llano como oía hablar en torno suyo. Y, no obstante, resulta su prosa de una nobleza extremada, más penetrante y sugestiva que la de ningún otro escritor español.
Peor aún que el lenguaje pseudoclásico es el llamado colorista que en Francia inauguró Teófilo Gautier, y que Zola y los hermanos Goncourt llevaron a una monstruosa exageración. Buscar palabras nuevas importadas de la pintura, es fácil tarea. Los grandes escritores no han tenido necesidad de apelar a tanta palabrería pictórica para grabar profundamente los tipos y las escenas que han creado. ¿Quién no se representa vivamente la aventura de los molinos de viento en el Quijote? ¿Quién no ha visto a Carlota en el Werther, de Goethe, cortando el pan y distribuyéndolo a sus hermanitos?
Entre nosotros ha echado raíces este nuevo preciosismo ridículo y se ha desarrollado con la velocidad del microbio del tifus. En una revista literaria he leído la siguiente descripción de un salón de baile:
“En los senos duermen las flores con esa voluptuosidad del pétalo marchito, y en los labios rojos ruedan las sonrisas amables y brotan las frases cortesanas. El piano, envidioso, muestra en risa irónica sus dientes blancos; y tableteando sobre los cristales una lluvia fría, menudita y soñolienta.
“Sobre el grupo va la luz tonificando los rosas, el rosa de crepúsculo de los trajes, el rosa de las mejillas, el de grano de granada de las uñas y el rosa suave, diluído, enervante de las flores.”
Después de leer esto ¿no se siente la nostalgia del Boletín de Pósitos? En verdad que si tal es el estilo colorista hay motivo para aborrecer el arco iris.
Pero dejemos estas inepcias y vengamos a otra servidumbre más peligrosa en que con frecuencia caemos los que emborronamos papel. Hablo del dinero.