—Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?—exclamó éste riendo.

—Tú, tú...; cógelo tú, papá.

—Yo tengo miedo.

—No, tú no tienes miedo.

—Y tú, ¿lo tienes?

Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les tenía “un potito de miedo”.

Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico del becerro. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar por su hijo, que iba abontonando hierba sobre él con vigor y crueldad que nadie esperara en él. Mas, a lo mejor de la operación, su papá daba una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno cuerpecito; tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él, no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos apasionados.

Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábale con arrebato y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos, murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado:

—¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu papá? Dí, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti, trabajo y trabajaré hasta morir. ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me haces, criatura!

El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre, esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara su padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un soplo: