—¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?
—¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!—contestaron desde arriba.
—¿Se dirige usted a mí?—dijo uno levantándose con arrogancia.
—Me dirijo al que haya sido.
—Pues nos veremos las caras al salir.
—Se la veré a usted para escupírsela—contestó Enrique encolerizado.
—¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!—gritaron desde arriba.
No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las lágrimas.
Sólo cuando apareció el segundo toro en el ruedo, concluyó del todo la bronca. Por más que trabajó, hasta no poder más en los quites, el pobre Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, ni siquiera el perdón del público. Cuantos esfuerzos hacía, cuantos capotes echaba (y la justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servían de befa y de irrisión al enfurecido pueblo. El Gordo en su toro estuvo como casi siempre, pasando de muleta con maestría y pinchando bastante mal. Lagartijo toreó el suyo sobre corto y con frescura, y se metió por derecho a volapié, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado. Muchos aplausos.
Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo al Cigarrero. Era un veragua colorado listón, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena estampa, como casi todos los del duque; un bravo y hermoso animal.