No he amado nunca esa clase humillante de aplauso. Me gusta limpio, sincero, confortante. ¿Para qué sirve que os palmotee todo el mundo en la calle, si al llegar a casa y meteros en la cama os silba vuestra conciencia?
El elogio venido de lejanas tierras, donde no saben si soy gordo o flaco, torcido o derecho, me ha seducido siempre. Me seduce, porque es absolutamente espontáneo y me parece una promesa de inmortalidad. Aún más me siento halagado por las cartas que me envían personas desconocidas expresándome la impresión que mis libros les han causado.
Esto es halagüeño, sí, lo confieso. Pero cuando me encierro en mi cuarto y después me encierro en mí mismo, no puedo menos de decirme: “¡Pura vanidad! Mis libros no son más que burbujas del agua que se mantienen un instante sobre la corriente y desaparecen; leves sonidos que el aire produce al penetrar casualmente en una flauta. Si se me despojase de lo que pertenece a los grandes maestros que me han precedido, quedaría desnudo. Hay, sin embargo, algo de lo cual nadie en este mundo me puede despojar, y es la dulce satisfacción de saber que algunas de mis páginas han hecho asomar la risa a los labios, y otras, lágrimas de ternura a los ojos; es la certidumbre consoladora de que nadie ha salido de la lectura de mis novelas menos puro y menos noble de lo que era”.
A. PALACIO VALDÉS
Mayo de 1917.
MARTA Y MARÍA
ESTA novela, segunda de las que escribí, fué publicada en el año 1883 por la Biblioteca Arte y Letras, de Barcelona, con dibujos de Pellicer. Su forma y su baratura, en aquella época excepcionales, lograron que se difundiese extremadamente. Algunas personas timoratas quisieron ver en ella un ataque insidioso contra el misticismo, y algunos sacerdotes, haciéndose eco del mismo error, tronaron contra ella desde el púlpito.
Apenas necesito defenderme de tal acusación. Presentar dos caracteres que se ofrecieron a mi vista cuando contaba veinte años y que ejercieron considerable influencia en mi vida y en mi corazón, fué mi único designio. Si del contraste aparece uno de ellos mortificado y el otro glorioso, no es cuenta mía sino del Supremo Hacedor que los ha formado.
El verdadero misticismo nada tiene que ver en este asunto. Las místicas sinceras y espontáneas como Santa Teresa, Santa Catalina de Génova, Margarita de Alacoque, jamás pueden hacerse antipáticas. Pero lo son alguna vez sus frías imitadoras. Los sentimientos más altos y nobles tienen su aparato externo para expresarse. Imitar este aparato puede halagar la imaginación sin que el corazón haya hablado todavía. Siempre resulta ridículo el desequilibrio entre lo que se pretende y lo que se puede. Y tal es el caso de mi novela.