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Sucede a los escritores muy agasajados de la prensa lo que a los niños mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen horriblemente. Éstos chillan como desesperados. Aquéllos se lanzan de nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la atención, y escriben la serie de fruslerías que todos conocemos.
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Cuando un hombre aspira a elevarse, con razón o sin ella, sobre los demás, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos. Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga dotes de observador, lo percibirá en los más finos matices de la conversación. Unas veces se mostrará trayendo la plática a algún asunto donde no estéis fuertes o donde hayáis sufrido algún revés. Otras el interlocutor tratará de mostraros su superioridad en algún respecto. Otras afectará absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o aprovechará hábilmente la ocasión para manifestar su desprecio hacia aquellos que ejercen la misma profesión que vosotros. Por último, cuando no pueda de otro modo, verterá su gotita de hiel mirándoos con inquietud y fijeza:
—¡Hombre, me parece que está usted más delgado que la última vez que le he visto!
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¡Cuán engañado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y abandonarles la parte de botín, gloria o dinero que nos corresponde, se les aplaca! Si esto hacéis, todo el mundo se dará a pensar que es por un motivo secreto, que obedece a un plan estratégico para atacarles por otro lado y sacarles más ventaja. Y si al cabo de algunos años se convencen de que no existía tal plan, como vuestro desinterés o modestia os ha captado la estimación de una parte del público, todavía os odiarán mortalmente por este beneficio.
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La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de convencer a sus compañeros de que es tonto. Los guardianes de la república de las letras son desconfiados. A veces tardan años en reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto, las murallas se abaten, las montañas se allanan, los ríos quedan en seco, y el escritor, ostentando su preciosa contraseña, penetra en los jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos más codiciados, y sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.
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